martes, 9 de octubre de 2012

"CAPITULO 46"


—________ —susurró Tom suavemente al otro lado de la puerta—. Déjame entrar, cariño.

Al oír la voz de su marido, a _______ le dio vueltas la cabeza y, chillando de alegría, se precipitó hacia la puerta. Tenía las manos tan temblorosas que no fue capaz de girar la llave hasta el segundo intento. Entonces, abrió la puerta y se arrojó en sus brazos.

Él dejó caer las alforjas y la atrapó al vuelo, apretándola contra sí con todas sus fuerzas. La escuchó susurrar su nombre repetidas veces y sintió cómo le besaba en la boca, en las mejillas, en la nariz, en la piel desnuda que asomaba por el cuello abierto de la ca­misa... La alzó en brazos y entró en la habitación, cerrando la puerta con el pie.

—Cariño, estoy bien —se rió Tom mientras ella continuaba tocándole—. El marshal me ha contado lo que hiciste. Siempre supe que eras ingeniosa e inteligente, además de hermosa, pero no había imaginado cuánto. Sin embargo no tuve paciencia para esperar a que me contara cómo te deshiciste de Rivas, quería regresar contigo lo más rápidamente posible.

—Tenía tanto miedo por ti —suspiró _______ contra su cuello.

—No más del que yo tenía por ti. Esos cuatro días en prisión fueron una auténtica tortura. Mi mente no dejaba de imaginar todos los horrores que Rivas te podría estar haciendo pasar.

_________ le puso un dedo en los labios.

—No digas nada más, sólo bésame. Santo Dios, te necesito. Pensé que jamás volvería a verte.

La joven comenzó a forcejear con su ropa, sacándole la camisa de la cinturilla del pantalón y tirando de los botones.

—_________... Dios mío, cariño, yo también te deseo pero no de­bería tocarte en este estado; llevo un montón de días a caballo.

Sus palabras apenas tuvieron efecto en ella. Por fin había lo­grado desabotonarle la camisa y se la bajaba, junto con el chaleco, por los brazos. Gimió de impaciencia mientras se centraba en la cinturilla de los pantalones.

La necesidad de _________ excitó a Tom, haciendo que le hir­viera la sangre en las venas. De repente, su deseo fue tan intenso como el de ella y comenzó a su vez a arrancarle la ropa. Aún estaban medio vestidos cuando se acercaron tambaleándose a la cama y se dejaron caer sobre ella en un enredo de brazos y piernas.

—Levanta las caderas —jadeó Tom, con intención bajarle los pantalones. Envuelto en una fiebre de impaciencia, le quitó las botas y luego se deshizo del resto en el mismo movimiento.

Cuando __________ tuvo las piernas libres, le rodeó la cintura con ellas, obligándole a tenderse encima.

—________, deja que me quite los pantalones.

—Más tarde. Por favor, Tom.

Tom tiró de la cinturilla y los botones volaron en todas las di­recciones, liberando su hinchado miembro. _______ notó al mo­mento la punta de la dura erección en la húmeda entrada de su sexo y gimió con urgencia contra la boca de su esposo. Entonces, le asió de las caderas, atrayéndole contra sí mientras se arqueaba en flagrante invitación.

—¿Estás segura de que estás preparada, cariño? —susurró él. Tom estaba más que listo, se sentía caliente, duro, hinchado y a punto de explotar.

Metió la mano entre sus cuerpos, buscando los suaves pliegues. La húmeda calidez de _______ inundó sus firmes dedos. Estaba mo­jada y ansiosa, y él jadeó entrecortadamente antes de flexionar las caderas y entrar en casa, penetrándola hasta el fondo. La joven gimió y se puso tensa, como si le costara albergarle.

Él se quedó paralizado.

—¿Te he hecho daño? ¿Estás bien?

—Más que bien. No te detengas, cariño, no te detengas.

—Como si pudiera... —gimió Tom. La sintió palpitar en torno a él, y tuvo que apretar los dientes para no alcanzar el or­gasmo de inmediato—. Eres tan estrecha, cariño. Me envuelves en tu calor y casi me matas de placer. El paraíso no puede ser mejor.

Tom comenzó a mover las caderas una y otra vez, llevando a ________ cada vez más alto mientras ella sacudía la cabeza de un lado para otro y se contorsionaba debajo de él. Ese era su hombre, suyo para amarle para siempre jamás.

—Necesito besarte, cariño —dijo Tom y, mientras le enre­daba los dedos en el pelo y le ahuecaba la cabeza entre las manos, le rozó los labios con la lengua antes de penetrar entre los dientes para paladear los dulces rincones de su boca.

_______ sintió el peso de su marido, la forma y la dureza de su miembro en el interior de su cuerpo y notó que comenzaba a pal­pitar ese lugar donde estaban unidos. Una oleada de sensaciones cada vez mayor la inundó, creando una violenta tormenta que la envolvió por completo.

Tom la notó llegar al clímax, sintió que se ceñía en torno a su miembro y apretó los dientes al experimentar aquellas intensas pulsaciones alrededor de su sexo. Interrumpió el beso y abandonó su boca para cerrar los labios sobre la endurecida cima de un pecho, chupándole el pezón mientras ella alcanzaba el éxtasis. Se obligó a esperar a que ella se hubiera apaciguado por completo antes de dejarse llevar. Su miembro estaba hinchado y dolorido mientras empujaba y se retiraba sin cesar, arqueando las caderas, hasta que por fin se abandonó sin control y alcanzó un éxtasis in­descriptible.

—No debería de haber sido así —dijo Tom después de rodar a un lado y controlar la respiración—. Debería haber sido lento y suave. Quería excitarte poco a poco, hacerte ansiar el placer hasta que me suplicaras que te poseyera. Maldición, ni siquiera me has dado tiempo de quitarme la ropa. —Sonrió de oreja a oreja al re­cordar el ansia de ___________. Esperaba que no cambiara nunca.

—Deja de sonreír de esa manera —dijo ella, acurrucándose contra la curva de su cuerpo—. Te necesitaba, Tom. Quería que fuera rápido y salvaje. No siempre será así, pero al ver que estabas sano y salvo... No sé qué me pasó, pero tenía que hacer el amor contigo de esa manera para convencerme de que era verdad.

—Santo Dios, estoy exhausto —dijo Tom—. Quiero volver a disfrutar de ti otra vez, pero antes debemos descansar.

Como _______ no le respondió, él bajó la mirada y vio que ya se había quedado dormida. Subió la sábana hasta que ambos estu­vieron cubiertos y cerró también los ojos. Se durmió al instante.


CHICAS... aqui tienen un nuevo capi... espero les guste.. porque a mi me encanto.. ya que se reencontraron,  jijiji...y  que pena Virgi que tu nove tambien este terminando... me encanta... aunque no e tenido tiempo de pasar... estos dias.. tratare de pasar hoy =).....

Yo creo que la ficc la voy a terminar el viernes.. con un Epílogo,.. y espero es guste...
Cuidence..

Las Quiero
BYE =D


Jenni: por mi no hay problema de que en univision des mi blog... si no fuera mucha molestia te pediria por favor les expliques que no he podido subir por tema de mi trabajo.. ya que me tienen  la pagina cerrada (Bloqueada)... y que me perdonen.. pero mi intencion nunca fue dejarlas botadas... y que si quieren se pueden pasar por mi Blog... y dile a la ISA que me perdone... con todo mi corazon quise seguir la nove alli pero no se me dio el tiempo.. plisss Jenni dile eso de mi parte ... Gracias...
Te quiero Bye =D




lunes, 8 de octubre de 2012

"CAPITULO 45"


Vio que uno de los jinetes recién llegados se interponía entre los secuaces de Rivas y sus caballos, cortándoles la retirada. Otro de sus rescatadores se acercó a él.

—¿Es usted Tom Kaulitz?

Tom vio la insignia del jinete y sonrió de oreja a oreja.

—Sí. ¿Cómo lo ha sabido? No sabe lo mucho que me alegro de verle, marshal. Había oído que el gobernador había designado a un representante de la ley en el territorio.

—Soy el marshal Kinder. Llevamos unas horas buscándole, pa­rece que le hemos encontrado justo a tiempo.

—Me gustaría saber qué es lo que le ha traído en mi búsqueda, señor, pero ahora no tengo tiempo para explicaciones. Mi mujer se encuentra en graves problemas en Rolling Prairie y tengo que llegar junto a ella sin más demora. Estos hombres han sido envia­dos por un individuo llamado Mario Rivas para matarme. Es una larga historia, se la contaré en otro momento.

—Lo sé todo sobre ese canalla, señor Kulitz. Mis hombres y yo vamos a llevar a estos malhechores a Rolling Prairie y pedire­mos muchas explicaciones a ese tal Rivas, dada la informa­ción que nos facilitó su mujer.

Tom contuvo la respiración.

—¿Ha visto a mi mujer? ¿Está...? —tragó saliva— ¿Está bien?

—Tiene una mujer muy valiente, señor Kaulitz. Cabalgó a Roundup en medio de la noche para reclamar nuestra ayuda, arriesgando su vida en ello. Su historia resultó un tanto rocambolesca, pero menos mal que la creí. Casi habíamos renunciado a en­contrarle cuando oímos los disparos.

—¿Dónde se encuentra _______ ahora? ¿Está en el Circle F?

—No, allí no estaba segura. La obligamos a inscribirse en el hotel de Roundup y espero que siga allí. Anoche estaba muy can­sada. Rivas ha estado suministrándole láudano para mante­nerla controlada y, a pesar de todo, encontró la manera de escapar de los secuaces de Rivas y llegar hasta mí. Es usted un hombre muy afortunado, señor Kaulitz.

—Comienzo a pensar que tiene razón, marshal; aunque no pen­saba lo mismo hace veinte minutos. Si no necesita nada más, me gustaría reunirme con mi esposa.

—Necesito que los dos se queden en Roundup hasta que se aclare todo este asunto de Rivas en Rolling Prairie. Le haré saber cuándo es seguro regresar al Circle F

—Será un placer, señor —dijo Tom con una amplia sonrisa—. _______ y yo necesitamos un tiempo para nosotros, no llegamos a disfrutar de una luna de miel en condiciones.

Tom levantó la mano para despedirse del marshal y se marchó.



Tom llegó a Roundup varias horas después y lo primero que hizo fue detenerse en los establos para que se ocupasen de su caballo. El pobre animal había hecho un gran esfuerzo y se merecía unos días de atenciones especiales.

—Trátelo bien —ordenó Tom al encargado de las caballerizas mientras palmeaba el aterciopelado hocico de Medianoche—. Acabo de llegar al pueblo, ¿podría decirme dónde está el hotel?

—A dos manzanas de aquí, al doblar la esquina. No tiene pér­dida, es el único hotel que hay.

Tom se echó al hombro las alforjas y emprendió la marcha calle abajo. Se moría por ver a _________, por sentirla entre sus brazos, por besar sus dulces labios, por acariciarla y amarla. Habían lidiado una dura y larga batalla para estar juntos y nada los separaría otra vez.

Sabía que parte de aquella pelea se debía a que no había creído en ________. La desconfianza que siempre había sentido hacia las mu­jeres le había lisiado emocionalmente y provocado que levantara un muro alrededor de su corazón. Entonces apareció ella, y todas las creencias y prejuicios que tenía en contra del matrimonio que­daron en evidencia; pero hasta que no la conoció, no había en­contrado a la mujer perfecta para él.


El recepcionista del hotel se mostró un tanto reacio a facilitarle el número de la habitación de ________. El marshal había dejado instruc­ciones precisas de que vigilara a la señora Kaulitz y no pensaba darle tanta información a un hombre con aspecto de vagabundo, que era justo la imagen que ofrecía Tom. Tenía la ropa sucia tras haber pasado tanto tiempo a lomos del caballo, barba de varios días y necesitaba un buen corte de pelo. Le llevó un buen rato convencer al recepcionista de que era, realmente, el marido de __________.

—¿Mi mujer está en la habitación? —preguntó.

—Yo no la he visto salir.

Subió de dos en dos las escaleras hasta el segundo piso y corrió por el pasillo hasta detenerse bruscamente frente a la habitación 210. Observó que le temblaba la mano cuando la levantó para lla­mar a la puerta.
 
Entre tanto, __________ encontraba aquella espera intolerable. Su mente no dejaba de trabajar, imaginando a Tom muerto en un camino desierto. No sabía cómo sobreviviría si el marshal Kinder había lle­gado demasiado tarde para salvarle. Aquella espera estaba volvién­dola loca, no estaba en su naturaleza quedarse de brazos cruzados sin hacer nada mientras el peligro acechaba a un ser querido. Si Kinder no podía encontrar a Tom, quizá ella sí pudiera. Una vez convencida de que tenía que salir en su busca, comenzó a recoger la ropa.
Entonces oyó un fuerte golpe en la puerta y se le puso un nudo en la garganta. El corazón se le aceleró. ¡El marshal estaba de re­greso! El temor a conocer las noticias que podría traer la mantuvo paralizada en el sitio, incapaz de moverse o responder. Se llevó las manos al vientre, buscando consuelo en el niño que llevaba en su interior; un niño que quizá nunca conocería a su padre.
 
 
CHICAS.... capi nuevo.. espero les guste... y yo creo que entre estos días la Ficc      terminara =(... aunque no quiero que termine.. pero como dicen TODO tiene su final....
pero no se preocupen porque voy a seguir con otra.. =)
Cuidence..
 
Las Quiero
BYE =D

viernes, 5 de octubre de 2012

"CAPITULO 44"


A ____________ le llevó cerca de media hora contar toda la historia. Lo cierto es que aunque el relato sonaba tan increíble que temió que Kinder no la creyera, éste no la interrumpió ni una sola vez y prestó atención a todo lo que dijo. Cuando le contó que el ban­quero había confesado el asesinato de su padre, Kinder agudizó la atención.

—Ha hecho un montón de acusaciones muy serias contra ese tal Rivas. ¿Está segura de que no exagera? —dijo Kinder cuando ella terminó de hablar.

_________ se puso en pie bruscamente.

—¡Estoy diciendo la verdad! Se confesó responsable de matar a mi padre y ahora está dispuesto a matar a Tom. Si no me ayuda a detenerle, yo misma lo intentaré.

La joven dio un paso adelante, pero se tambaleó. El marshal la sostuvo y la ayudó a sentarse en la silla.

—Lo siento. Todavía no me he recuperado por completo de los efectos del láudano que me suministraba ese bellaco. Y... estoy embarazada.

—¡Por todos los demonios! —exclamó el ayudante, mirando a _________ con pesar.

Kinder también la miró fijamente, como si estuviera tratando de tomar una decisión.

—Debe de estar muy desesperada para cabalgar hasta aquí en mitad de la noche y en su estado —dijo finalmente—. Muy bien, en cuanto rompa el alba reuniré a una patrulla para ocuparme del asunto. Espero que podamos interceptar a su marido antes de que caiga en la emboscada. Si lo que me cuenta de Mario Rivas es cierto, se ha saltado un buen montón de leyes. Tendré que in­vestigarlo a fondo.

—Voy con usted —dijo _________, ignorando el cansancio que la envolvía.

—No, no va a venir conmigo. Usted se irá al hotel. Ya ha tenido suficiente acción para toda la vida. Las mujeres en su estado no deberían montar a caballo ni andar poniéndose en peligro. Estoy seguro de que su marido me lo agradecerá. Kaulitz es su marido y el padre de su hijo, ¿verdad?

_________ había contado una historia tan enrevesada que Kinder tenía dificultades para estar al tanto de todos los detalles.

—Sí, en efecto, marshal. Y quiero que siga con vida para ayu­darme a criar a este niño.

—Haré lo que pueda, señora. Nos dirigiremos a Rolling Prairie y desde allí tomaremos el camino que conduce a Butte. Si tenemos suerte, encontraremos a su esposo a tiempo. Espero que se dé cuenta de que podemos llegar tarde; pero no se preocupe, en ese caso, Rivas no logrará evitar sus responsabilidades. Vamos, la acompañaré al hotel.

_________ le siguió a regañadientes. Cada minuto que pasaba crecía el peligro que acechaba a Tom.


Tom maldijo para sus adentros. Su suerte iba de mal en peor, su caballo había perdido una herradura cuando sólo le faltaban dos días para llegar a Rolling Prairie. Ahora tendría que caminar hasta el pueblo más cercano, que estaba algo alejado de la ruta de la di­ligencia, y perder un tiempo precioso herrando a Medianoche. Pero por mucho que le enfureciera el retraso y por muy preocupado que estuviera por __________, no podía hacer nada al respecto.

Tras desperdiciar varias horas, reanudó la marcha y no se apeó del caballo hasta que fue evidente que Medianoche necesitaba des­cansar. Entonces, se tumbó en el suelo y durmió unas pocas horas, reanudando la marcha al amanecer.

La preocupación por _________ inundaba su mente y su corazón. Sabía que era valiente e ingeniosa, pero jamás podría igualar a Rivas en fuerza o astucia. Se prometió a sí mismo que conseguiría que el banquero pagara con creces, incluso aunque no hubiera tocado un pelo de la preciosa cabeza de su esposa.

El camino serpenteaba a través de las colinas por una zona ar­bolada y con densa maleza. Cuando llegó a un lugar particular­mente oscuro, donde la luz del sol apenas traspasaba las copas de los árboles, notó una picazón en la nuca. Miró por encima del hombro y no vio nada. Sin embargo, un instante después escuchó un disparo. Le pasó tan cerca que incluso percibió cómo el aire se movió junto a su cabeza. Se inclinó sobre el cuello de Medianoche y se abrazó al animal mientras dos balas más silbaban por encima de él.

De repente surgieron dos hombres a ambos lados del camino. Tom tiró bruscamente de las riendas cuando el animal se levantó sobre las patas traseras, intentando que Medianoche se diera la vuelta, pero su maniobra se vio frustrada porque aparecieron otros dos jinetes a su espalda. Sin opción de poder escapar a través del bosque, en pocos segundos estaba rodeado por cuatro hombres de feroz mirada.

—¿Qué quieren? —preguntó, haciendo que Medianoche girara en medio de los extraños.

—Estábamos esperándole desde hace un buen rato —dijo un hombre que tenía una cicatriz en la mejilla.

Tom sabía que ese tramo del camino había sido el escenario de muchas emboscadas a manos de los salteadores de caminos; principal razón de ser de las partidas de vigilantes en Montana.

—No llevo mucho dinero encima, pero el que llevo es suyo. Tengo prisa, no puedo entretenerme.

Metió la mano en el bolsillo del chaleco para sacar la cartera.

—No suelte las riendas —le advirtió Cicatriz—, ya cogeremos el dinero, pero no es eso lo único que queremos.

A Tom no le gustó nada la sonrisa que esbozó el hombre.

—Bájese del caballo.

Tom se apeó, preguntándose cómo demonios iba a salir in­demne de aquello. Aunque le habría gustado abrirse paso a tiros, el sentido común le advertía que conseguiría un mejor desenlace siendo cauteloso. Se mantuvo al lado del caballo, con todos los músculos en tensión, a la espera de la siguiente maniobra de Ci­catriz.

—Diríjase hacia el bosque —ordenó Cicatriz. El hombre mar­cado y sus acompañantes se apearon y se acercaron a Tom.

«¡Dios mío, van a matarme! —dedujo inmediatamente—. No son salteadores de caminos, estaban buscándome por alguna razón.»

—¿Quién les ha enviado? —inquirió Tom—. ¿Trabajan para Rivas?

—Desabróchese la pistolera —ordeno Cicatriz—. Los muertos no hacen preguntas.

Tom tomó una decisión al instante. No pensaba quedarse quieto mientras esos bastardos le utilizaban como blanco. Sin im­portar cuál fuera el desenlace, no se rendiría sin luchar.

Se movió con tanta rapidez que nadie vio la maniobra de su mano cuando sacó el arma y abrió fuego. Cicatriz emitió un jadeo entrecortado y cayó al suelo. La bala de Tom le había acertado justo entre los ojos. Era lo último que aquellos hombres esperaban, pero él no se quedó para ver su reacción; sabía que su estra­tegia había tenido éxito y aquella breve distracción le había dado un poco de ventaja. Sin mirar atrás, corrió con rapidez hacia el bosque y siguió haciéndolo cuando alcanzó los árboles. Unos segundos después escuchó que los salteadores le perseguían a través de la maleza, gritando entre maldiciones para que se detuviera.

Tom zigzagueó entre los árboles y saltó sobre troncos caídos mientras se preguntaba quién querría verle muerto. Mario Rivas encabezaba la lista.

Los malhechores estaban acercándose y sus disparos sonaban muy próximos. Oyó que uno de los hombres gritaba que se dis­persaran, y sintió un profundo miedo. Si moría en aquel bosque y su cuerpo quedaba allí, sus hermanos jamás sabrían lo que le había sucedido. Ni siquiera quería imaginar lo que su muerte significaría para _______. A tenor de aquellos aciagos pensamientos, tomó otra decisión impulsiva.

Se giró en redondo y se dirigió hacia el camino, con idea de lle­gar hasta el caballo. Se camufló tras los árboles y, cuando uno de los hombres se paró frente a él, se tiró al suelo buscando la protección de un tronco caído. El tipo pasó de largo sin mirar en su dirección. Tom se tomó un minuto para tranquilizarse, luego vol­vió a correr hacia su objetivo. Apenas faltaban unos pocos metros cuando uno de los malhechores le vio y advirtió a los demás.

—¡Ahí está! Se dirige a los caballos. ¡No dejéis que escape!

Tom corrió a toda velocidad hacia el desigual camino de tierra mientras los hombres le pisaban los talones. Siguió acercándose al caballo, a pesar de saber que no lo alcanzaría. Escuchó un dis­paro; esperó sentir el dolor del balazo, pero no llegó y siguió co­rriendo.

Oyó a los otros hombres antes de verlos. Seis jinetes cabalga­ban hacia él. ¿Más hombres de Rivas?, se preguntó. Lanzó de nuevo una mirada por encima del hombro y le sorprendió com­probar que sus perseguidores se habían detenido y observaban con estupor a uno de sus compañeros, que había caído. De re­pente, cambiaron de dirección, huyendo, y Tom respiró aliviado.


CHICAS aqui esta el capi.. ahora me voy porque tengo reunion con mis jefes... ¬¬ y paso rapidito por aqui... espero les guste el capi..

BYE =D

jueves, 4 de octubre de 2012

"CAPITULO 43"


Se dirigió directamente a la habitación que estaba usando Rivas. La cama estaba deshecha y había un traje arrugado en el suelo. Rebuscó con rapidez en los bolsillos, pero no encontró lo que estaba buscando. Luego se acercó al tocador, observando que el banquero ya se había instalado; los armarios contenían su ropa y efectos personales. Debía de haberlos colocado el día anterior mientras ella seguía bajo los efectos del láudano. Registró los ca­jones uno por uno, minuciosamente, sin encontrar nada.

«¿Dónde puede estar?», se preguntó_________, cada vez más inquieta. Sin duda alguna no podía haberse llevado consigo el frasco de láu­dano, ¿verdad? De ser así, sus planes se verían frustrados. Se acercó al armario, abrió la puerta y vio una pulcra hilera de trajes colgados y los zapatos y las botas ordenados en la parte inferior.

No encontró nada en ningún bolsillo y comenzó a sentirse desesperada. ¿Habría escondido el láudano en el piso de abajo? ¿Quizá en alguna de las alacenas? Descartó la idea de inmediato. Rivas era demasiado retorcido y jamás lo dejaría en un lugar donde ella pudiera encontrarlo con facilidad. Entonces su mirada recayó sobre el calzado. Cogió los zapatos de uno en uno y les dio la vuelta. Nada. Cuando realizó la misma acción en la primera bota, obtuvo el premio que estaba buscando. Casi gritó de júbilo. El frasco de láudano estaba oculto en el interior. Lo sostuvo a contraluz y observó con satisfacción que todavía contenía la mitad del líquido. Había poción de sobra para tumbar a siete hombres y que no despertaran en toda la noche.

«Tom debe de estar a punto de llegar a Rolling Prairie, cabal­gando directo a la emboscada que le han preparado los hombres de Rivas», pensó mientras se guardaba el frasco en el bolsi­llo. Sabía que ella no era capaz de detenerles sin ayuda, aunque es­taba dispuesta a intentarlo. Sin embargo, tenía que ser práctica y actuar con prudencia; lo más importante era proteger a su hijo.

Recordó que hacía poco tiempo, en un viaje al pueblo, había oído decir que el gobernador Edgerton había designado un marshal federal para el pueblo de Roundup, que quedaba a unos treinta ki­lómetros al este de Rolling Prairie. Su labor era controlar a los vi­gilantes de Montana, que campaban a sus anchas en el territorio. __________ pensó que podría llegar a Roundup en menos de tres horas y que, si lo lograba, lo único que tendría que hacer sería convencer al recién nombrado marshal para que acudiera en ayuda de Tom.

Regresó a la cocina sólo unos minutos antes que Tubbs. El hombre puso la carne sobre la encimera y se sentó a observarla.

—Necesitaré leña para el fuego —dijo ________, sacando una ca­zuela enorme de una de las alacenas—. Mientras corto la carne, tráigame leña y encienda el fogón.

—Tengo una idea mejor —dijo Tubbs con una mirada rece­losa—. Yo me ocuparé de cortar la carne y usted irá a buscar la leña y encenderá el fuego. No me fío de usted mientras tenga un cuchillo en la mano.

—De acuerdo —dijo __________ complaciente, dirigiéndose a la le­ñera y cogiendo varios leños. Tubbs manejó el cuchillo con habi­lidad mientras _______ preparaba el fuego en el fogón.

Cuando estuvo todo listo, el secuaz de Rivas se sentó a observar cómo _________ doraba la carne. Entre tanto, los pensamien­tos de la joven se sucedían a una velocidad vertiginosa. Sabía que no podría vaciar el frasquito de láudano en la cazuela mientras Tubbs estuviera mirándola.

—Necesito las patatas, zanahorias, nabos y cebollas que están almacenados en el sótano. ¿Bajo yo o lo hace usted? Y agua, tam­bién necesito agua.

—Yo iré. Usted quédese aquí y siga dorando la carne. —Se dio la vuelta refunfuñando por lo bajo—. Mi tarea no es hacer de pin­che de cocina.

En el momento en que salió, ________ sacó el láudano del bolsillo, destapó el frasco y vertió el contenido en la cazuela. Después es­condió el frasquito vacío en el fondo de la leñera.

Tubbs regresó enseguida con los ingredientes que le había pe­dido.

—Espero que esto sea todo.
—Sí, gracias.

_______ peló las verduras, las dejó caer en la olla y removió el con­tenido sobre el fuego. Luego rebuscó entre los condimentos, es­perando encontrar alguna especia lo suficientemente fuerte como para disimular el sabor amargo del láudano. Espolvoreó con sal y pimienta... mucha pimienta, y agregó canela en rama y otros con­dimentos que tenía a mano.

—Ya está —dijo, colocando la tapadera—. Tardará varias horas en cocinarse y que se mezclen bien los sabores. Mientras haré un pastel y la masa para los panecillos.

A las seis, en la cocina flotaba el fragante aroma del apetitoso estofado.

—Huele muy bien —dijo Tubbs a regañadientes—. Los pane­cillos parecen esponjosos y tiernos.

—Le sorprenderá lo bueno que está todo —dijo _________ con se­guridad—. Puede llevarlo luego al barracón, yo me quedaré con una ración. Le ha dicho al cocinero que no prepare la cena, ¿ver­dad?

—Sí, ya le avisé. Y también a los vaqueros. Es probable que se encuentren ya en el barracón esperando la cena. Hay un hombre de guardia que comerá más tarde, no puede abandonar su puesto.

—Me aseguraré de reservar un poco para él. Se lo puede llevar usted mismo.

Los hombres estaban, en efecto, esperando la comida. ________ les observó con detenimiento y supo que Rivas había des­tinado allí a los individuos más brutos y maleducados que encontró. Pero ella jamás se había encontrado con un hombre que no apreciara un buen guiso. Esperaba que el estofado supiera tan bien como olía. Aguantando sin inmutarse las miradas lascivas de los vaqueros, _________ les sirvió y colocó los panecillos sobre la mesa. Incluso había preparado café, que vertió en abundancia. Luego retrocedió y esperó a que devoraran la cena.


Y eso hicieron. Todos y cada uno de ellos limpiaron el plato y repitieron. ________ envió también una ración al hombre que hacía la guardia, y Tubbs trajo de vuelta el plato vacío. En cuanto quedaron satisfechos, regresó a la casa con la cazuela seguida de su guardián.

—Ahora me voy a la cama, señor Tubbs. Espero que disfruta­ran de la cena.

Tubbs se limitó a soltar un gruñido.

—Recuerde que me quedaré aquí, vigilándola, así que no in­tente nada raro.

—No es necesario que se preocupe, señor Tubbs, estoy dema­siado cansada para pensar en otra cosa que no sea meterme en la cama. Buenas noches.

________ se paseó por su dormitorio de un lado para otro, llena de ansiedad, preguntándose cuánto tiempo tardaría el láudano en hacer efecto. En ella había sido muy rápido, y ahora había utilizado poción suficiente para dormir a un batallón.

Dieron las siete y luego las ocho. Dos horas ya. Segura de que había transcurrido tiempo más que suficiente, __________ abrió la puerta de la habitación y asomó la cabeza. No vio ni oyó nada. Se deslizó escaleras abajo y miró con atención en la cocina. Tubbs tenía los brazos doblados sobre la mesa y la cabeza apoyada sobre ellos, parecía dormir como un tronco. Pasó junto a él y se dirigió a la puerta trasera.

Nadie la detuvo mientras corría hacia el establo. Si Dios estaba de su parte, los hombres estarían profundamente dormidos en sus camas. No encendió ninguna lámpara, había ensillado su caballo tantas veces que podía hacerlo con los ojos cerrados. Cuando ter­minó la tarea, condujo al animal al patio a través del portón. Sonrió para sí misma cuando vio al guarda apoyado en la cerca, profundamente dormido. En cuanto atravesó la entrada del ran­cho, se subió al caballo y tomó la dirección a Roundup. Con un poco de suerte, no descubrirían su ausencia hasta la mañana siguiente.

Cabalgó a buen ritmo durante todo el camino, iluminada por la luz de la luna, aunque fue prudente porque no quería cansar a su montura ni caerse. No se encontró con nadie en el trayecto.

Era cerca de medianoche cuando ________ entraba en la calle prin­cipal de Roundup en busca de la oficina del marshal. Vio una única luz a través de la ventana antes de bajarse del caballo. Estaba tan cansada que apenas era capaz de colocar un pie delante del otro cuando abrió la puerta y entró.

El ayudante del marshal pegó un brinco en la silla y buscó el arma cuando ella se tambaleó dentro de la estancia.

—Necesito ver al marshal —dijo la joven entre jadeos.

Sorprendido al ver a una mujer, enfundó el revólver y se acercó para sostenerla al darse cuenta de que estaba desfallecida.

—Siéntese, señora. Parece a punto de caerse. ¿Qué la trae por aquí a estas horas de la noche?

—No se preocupe por mí, la vida de un hombre corre peligro. ¿Es usted el marshal?

—No, señora, sólo soy su ayudante. Él no estará de servicio hasta mañana.

—Tengo que verle. Es una cuestión de vida o muerte.

—Tranquilícese, señora. Estoy seguro de que lo que le preo­cupa puede esperar hasta mañana.

—No, no lo entiende. No puedo esperar. Vaya a buscarle, por favor.

El ayudante Garwood notó la desesperación de la mujer y se sintió desgarrado. El marshal Kinder era la única ley en esa parte del territorio y siempre estaba muy ocupado, en especial con las partidas de vigilantes. Necesitaba sus horas de descanso. Por otra parte, si era cierto que la vida de un hombre corría peligro, al jefe, sin duda, le gustaría saberlo.

—De acuerdo, iré a buscarle. Puede que tarde un rato, así que intente tranquilizarse mientras tanto. Parece a punto de desma­yarse.

—Por favor, dese prisa —le urgió ________.
La joven debió quedarse dormida, pues se despertó sobresal­tada al oír voces.

—Espero que sea importante, ayudante.
—La mujer parece desesperada, jefe.

—Es que estoy desesperada —dijo ________, poniéndose en pie con dificultad—. Soy la señora Kaulitz y la vida de mi marido corre peligro.

El marshal suspiró profundamente.

—De acuerdo. Ya que estoy aquí, puede contarme de qué se trata.

—Mi marido va a ser asesinado —comenzó __________—. El ban­quero de Rolling Prairie, Mario Rivas, envió a unos hom­bres para tenderle una emboscada y matarle.

—¿Está usted segura? —dijo en tono escéptico—. Quizá sea mejor que me lo explique todo desde el principio.



CHICAS.... capi nuevo.. espero les guste... les informo que los capis que vendran mas adelantes... van a ser tal vez mas cortos... ya que falta tan poco para que esta Ficc termine     =(... y todavia no quiero jejeje.. por eso los capi seran cortitos...

Pero Todavia falta un poquitin eso es lo bueno....
Y cuando esta ficc termine seguire con otra... asi que espero que en la otra igual me sigan...

Cuidence..

Las Quiero
BYE =D

miércoles, 3 de octubre de 2012

"CAPITULO 42"


La pesadilla de __________ parecía no tener fin. No estuvo despierta el tiempo suficiente como para darse cuenta de lo que ocurría. Du­rante las paradas, cuando los pasajeros se alejaban para aliviar sus necesidades, ___________ la acompañaba a lugares recónditos donde le permitía ocuparse de sus asuntos antes de dejarla inca­pacitada de nuevo.

La obligó a beber láudano una y otra vez. Demasiado atontada para protestar y demasiado débil para luchar contra él, _________se encontraba literalmente a su merced.

Durante uno de sus momentos más lúcidos, Rivas le ex­plicó la situación.

—Todos los pasajeros de la diligencia me compadecen. Me consideran un santo por ser tan solícito con una loca que masculla las cosas más extrañas y murmura acusaciones desconcertantes.

_________ no sabía si era verdad, pero no lograba combatir el efecto del medicamento. Al menos tenía la satisfacción y seguridad de que ___________ no le había puesto la mano encima. Puede que hubiera pasado la noche en la misma cama que él, pero nunca amanecía con la ropa desordenada y siempre era la misma con la que se había quedado dormida.

Aun bajo el efecto del láudano, ________ había intentado comuni­car su desesperada situación a sus compañeros de viaje, en especial durante las escasas ocasiones en las que había podido pensar y ha­blar con coherencia. Pero Rivas lanzaba a su alrededor una mirada compasiva y negaba con la cabeza, como diciendo que su esposa no estaba en su sano juicio.

Entonces, antes de que ella pudiera añadir nada más, le ponía el frasco de láudano en la boca y la volvía a sumir en una odiosa laguna mental.

 
Rolling Prairie era la última parada del camino. Todos los pasajeros salvo __________ y Rivas, se habían apeado con anterioridad. _______ salió lentamente de aquel estado confuso. Estaba tumbada sobre el asiento y, al intentar enfocar la vista, percibió a Rivas dor­mitando en el de enfrente. Se sentó mientras intentaba aclararse la mente. Entonces vio que él abría los ojos.

—Estamos llegando a casa —dijo él—. En cuanto estemos en el rancho, donde mis hombres puedan vigilarte, ya no te suminis­traré más láudano. A menos que me causes problemas, claro está.

—La gente se preguntará qué me pasa —dijo __________. Se notaba mareada y no veía con claridad.

—Cuando bajes de la diligencia estarás enferma, lo suficiente­mente mal como para dejarte recluida en casa. El viejo Doc Tucker corroborará mi diagnóstico con tal de que le siga facilitando whisky.

Sacó el frasco de láudano del bolsillo.

—¡No, por favor! No me des más. Acabará por hacer daño al bebé.

—¿Bebé? ¿Estás esperando un hijo de tu amante? —La dureza de su voz y la frialdad en sus ojos dotaba a sus palabras de gran vehemencia.

—Espero un hijo de mi marido —dijo _________, recobrando parte de su arrojo. De repente se dio cuenta de que no le había dicho a Tom que iba a ser padre. Aunque ésa había sido su intención, se habían dejado llevar por la pasión y después fue demasiado tarde.

—Eso lo cambia todo. No sé si llegarás a recuperarte de tu do­lencia —dijo Rivas, obligándola a tragarse aquel vil brebaje a pesar de todas las objeciones que opuso—. Aún no sé cuál será tu destino, pero matarte a ti no será más difícil de lo que fue matar a tu padre.

________ luchó contra la neblina que le invadía la mente, aferrán­dose a las últimas palabras de Rivas con desesperado frenesí. ¿Qué había dicho? ¿Que había matado a su padre? Un silencioso grito de furia resonó en su mente antes de que se hundiera en un cenagal de turbia oscuridad.




El mismo día en que ________ y Rivas llegaron a Rolling Prairie, Tom fue puesto en libertad.

—Lo lamento mucho, Kaulitz, pero cualquier sheriff hubiera sido igual de precavido que yo. Normalmente los desconocidos no dan más que problemas —se disculpó bruscamente el sheriff Wilkins cuando le devolvió el arma—. El alcalde de Dry Gulch ha confirmado su identidad, en respuesta a mi telegrama, y no le he encontrado en ningún cartel de «SE BUSCA».

—Se lo dije, pero no me creyó —le acusó Tom.

—Le pillamos en la cama con la esposa de otro hombre. Le su­giero que en el futuro dedique sus atenciones a mujeres solteras. ¡Por Dios! ¿Cómo se le ocurrió? Rivas estaba de luna de miel.

—__________ es mi esposa, no la de él. Acuérdese de lo que le digo, sheriff, este retraso tendrá consecuencias muy graves, sólo espero no llegar demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde para qué? —preguntó Wilkins.

Tom no se molestó en responder y se dirigió hacia dónde había dejado su caballo. Calculó que tardaría tres días en llegar a Rolling Prairie. Para entonces haría siete que Rivas y ________ habían partido de Butte. Rezó para llegar a tiempo.

 
_______ abrió los ojos y los clavó en el techo. Por primera vez en muchos días podía enfocar la mirada y ver algo. Aunque fuera con dificultad, era capaz de dar cierta coherencia a sus pensamientos. Echó un rápido vistazo a los objetos que había en la habitación hasta detener la mirada en el tocador, donde reconoció el mango de plata del cepillo y el espejo de mano que su padre le había re­galado en su decimosexto cumpleaños.

Estaba en casa; en su cama.

Se apoyó en los codos, temblando por el esfuerzo y maldi­ciendo para sus adentros los efectos que el láudano tenía en su cuerpo. Llevaba puesta una camisola y sólo pensar en que Rivas, el asesino de su padre, le hubiera quitado la ropa hacía que se estremeciera de repulsión. Se obligó a sentarse en el borde del colchón, dolorosamente consciente de la apremiante necesidad de levantarse.

De repente se abrió la puerta y Rivas entró en la habita­ción sonriendo.

—Así que por fin te has despertado. Ya iba siendo hora.

—¿Dónde has dormido tú? —preguntó _________, mirándole con los ojos entrecerrados. No quería que se acercara a ella.

—Desde luego, no contigo —se burló él—. No pienso hacerlo mientras estés embarazada de otro hombre. He dormido en la ha­bitación de al lado.

El alivio de ________ fue profundo e inmediato.

—¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Quién me metió en la cama?

—Me temo que te di una dosis demasiado elevada de láudano un poco antes de llegar al pueblo, por lo que has estado dur­miendo casi dos días. Fui yo quien se encargó de acostarte y le dije a Tubbs que me avisara si te despertabas e intentabas escapar. Ahora me voy al banco. En el pueblo piensan que estás muy en­ferma y que pasará mucho tiempo antes de que te recuperes. Doc Tucker le ha dicho a todo el mundo que has debido de coger al­guna enfermedad durante nuestra luna de miel.

—¡Tú mataste a mi padre! —le acusó _________, recordando de re­pente las últimas palabras que había dicho en la diligencia.

—Así que llegaste a oírme —dijo Rivas—. Me pregun­taba si lo habrías hecho. —Se encogió de hombros—. Da igual, nadie te creerá.

—¿Tengo que estar recluida en esta habitación? —Tenía que encontrar la manera de escapar antes de que la volviera a dejar fuera de combate y sin posibilidad de avisar a Tom. Sospechaba que el banquero ya había enviado a sus hombres para interceptarle y matarle, así que tenía que actuar con rapidez.

—Seguro que tienes hambre. Puedes bajar a la cocina hasta que decida qué voy a hacer contigo, ya se asegurará Tubbs de que no hagas nada raro. Pídele que te traiga lo que quieras de la despensa, ahora está bien abastecida. No tengo intención de regresar esta noche, voy a cenar con un cliente de Lewistown, pues pienso abrir otro banco en ese pueblo, así que me quedaré a dormir en el pue­blo y traeré mañana el resto de mis pertenencias.

—No necesito que te preocupes por mí —dijo ________ con acri­tud.

—No lo hago —respondió de inmediato. Sus palabras tenían un doble sentido que no significaba nada bueno para __________.

—Tom te las hará pagar.

—En cuanto le encuentren mis hombres, tu amante dejará de existir. No llegará vivo al pueblo. Bueno, me voy ya; no se te ocurra intentar nada.

___________ sintió el impulso de arrojarle la jarra de agua a la cabeza, pero se contuvo. Tenía que mantenerse fría y serena si quería salvar a Tom.

Se levantó lentamente, conteniendo el mareo y las náuseas. Se ocupó de aliviar sus necesidades más apremiantes y se vistió. Cogió unos pantalones del armario, esperando que la ceñida prenda todavía le sirviera. Seguían quedándole como un guante salvo en la cintura, donde ya no podía abrocharlos. Ocultó aquella circunstancia dejándose por fuera la larga camisa de franela. Luego abrió la puerta del dormitorio y observó el pasillo.

Había un hombre en lo alto de las escaleras, apoyado contra la pared. Era un individuo grande con la nariz bulbosa y muy mala pinta.

—¿Adónde va, señora Rivas? Soy Tubbs, el jefe me ha dicho que no la pierda de vista.

—Ya conozco sus órdenes —indicó __________, intentando no mos­trar ninguna debilidad—. Voy a la cocina a prepararme algo de comer.

—La acompañaré para asegurarme de que no hace nada raro —dijo Tubbs. La siguió, clavando los ojos con admiración en la figura de la joven.

________ se encontró que en las alacenas de la cocina no había más que café, manteca de cerdo, azúcar, harina, condimentos diversos, una lata de carne en conserva y otra de melocotones. Después de preparar café, las abrió y comió con avidez. Durante el tiempo que había permanecido bajo los efectos del láudano no se había alimentado como debía y tenía que pensar en el bebé. Tubbs no dejó de mirarla mientras comía.

—¿Le gustaría tomar un café, señor Tubbs? —preguntó _________, fingiendo cordialidad.

—Sí, si no le importa. El que hace el cocinero es muy malo, ni siquiera sabe hervir agua sin quemarla. Espero que el jefe contrate pronto a alguien que sepa cocinar en condiciones.

Aquellas palabras hicieron que se le ocurriera un plan; sería pe­ligroso, pero podría funcionar si las circunstancias eran propicias.

—A mí se me da bien cocinar, señor Tubbs. Estoy acostum­brada a hacerlo para los hombres del rancho. Si me trae un poco de carne fresca de la despensa, sus hombres y usted disfrutarán esta noche de unos manjares que no olvidarán.

Tubbs se mostró receloso al instante.

—¿Por qué iba a hacer eso?

—No me gusta holgazanear. Hago unos panecillos que se de­rriten en la boca. Y también pasteles; sólo necesito manzanas, ha­rina y azúcar. Además puedo hacer un estofado de carne para chuparse los dedos si me facilita lo necesario —dijo con repentina inspiración—. En el sótano hay patatas, nabos, zanahorias y ce­bollas. Yo misma las guardé antes de irme. ¿Qué le parece?

A Tubbs se le hizo la boca agua. Las viandas que había descrito _______ parecían demasiado buenas para ser verdad, pero no sabía si el jefe lo aprobaría.

—Pues no sé. El jefe dijo que...

—¿Acaso ordenó que estuviera recluida en mi habitación?

Tubbs se rascó la cabeza.

—No...

—Entonces, ¿cuál es el problema? Los hombres y usted podrán disfrutar de una comida decente, para variar. Encárguese de traerme la carne y yo me ocuparé del resto.

—Hay un venado fresco en la despensa —dijo, después de pen­sárselo un rato—. Uno de los hombres lo cazó ayer, estaba arrui­nando los pastos.

—Entonces, decidido —declaró ________—. Vaya por la carne y yo me ocuparé del resto. ¿Para cuántos hombres debo de coci­nar?

—Siete contándome a mí. No intente nada mientras voy a bus­car lo necesario —le advirtió Tubbs—. El jefe me ha dicho que es usted muy lista y podría crear problemas.

—¿Le parezco capaz de dar problemas? —dijo _________, pesta­ñeando.

—Estaré de vuelta en un momento —añadió Tubbs, lanzán­dole una mirada desconfiada. Vaciló un segundo y luego se dirigió a la puerta.

En el momento en que salió, _______ corrió al piso de arriba. Tenía que actuar con rapidez, antes de que Tubbs regresara y sos­pechara algo. El éxito de sus planes dependería de su habilidad para encontrar el único ingrediente imprescindible para poder pre­parar una comida realmente inolvidable.


CHICAS.... un nuevo capi.. y perdon por no haber subido ayer.. pero es que no fui a trabajar.. y no tuve tiempo ya que tuve que cuidar a mi mamá porque le dio una baja de azucar... asi que estuve todo el dia en mi casa con ella.. atendiendola =D.... sorry por dejarlas sin capi... Pero espero que este les guste... igual que tenia ganas de subirles uno en la tarde.. pero tampoco voy a poder, ya que tengo que ir a una reunion con mis jefes ¬¬ toda la tarde.. asi que lo siento.. pero creo que van a tener otro capi mañana... espero me entiendan ^^....

y Virgi... gracias por comentar... y que bueno que le hayas comentado a tu mamá sobre el One Shot... y espero le hayas comentado... que emocion =D.. de verdad gracias por siempre comentar... y a todas la que dejan sus comentarios.. muchas gracias...  a la Sofi... a la Jennifer... a la  Ale... y Virgi.. de verdad gracias....me motivan a seguir con la ficc =)..

Cuidence...

Las Quiero
BYE =D